Se habla mucho de jugar a rol con tus hijos. Como herramienta educativa, como estímulo creativo, como forma de socialización. Todo eso está bien y es cierto. Pero casi nunca se habla de jugar a rol con tus padres. Y es curioso, porque el potencial es enorme. Jugar con ellos no es solo sentarse a tirar dados: es cambiar la relación de eje. Ya no eres “el hijo que explica”, sino alguien que propone una experiencia compartida. Un espacio nuevo donde ninguno tiene ventaja.
Durante años, en casa se ha repetido hasta la saciedad una cantinela que ya nadie cuestiona: “Dani tiene partida” o “Está jugando a rol”. Una frase más, como quien dice “ha salido a correr” (ya, como si yo hiciera deporte) o “está viendo una serie” (esto sí).
El otro día, sin embargo, esa frase provocó una reacción inesperada. Mi suegro, de 59 años, después de escucharla durante años y años, me preguntó qué era exactamente eso del rol. Y no desde el juicio, sino desde la curiosidad. Él nunca lo había visto, ni mucho menos jugado. Sus referencias eran las de tantos otros: los noticieros noventeros, el amarillismo, el “esto es peligroso”, “esto es raro”, “esto acaba mal”. Cuando le expliqué con calma lo que realmente hicimos vi algo interesante: no se cerró una duda, se abrieron otras diez más. Acabamos pactando que pronto les prepararé una partida para que lo prueben. Y ahí pensé: aquí hay algo.
Cuando tus padres ya juegan al rol en tu mesa
Uno de los primeros beneficios es desmontar mitos. El rol no es una secta, no incita a la violencia, no te vuelve peligroso ni marginal. Eso solo se sostiene mientras se observa desde fuera. En cuanto te sientas a la mesa y ves que todo gira en torno a hablar, imaginar, reírte y tomar decisiones, las viejas ideas se caen solas. No hace falta discutirlas: se evaporan.
Además, jugar con padres te obliga para bien a salir de ciertos géneros de confort. No todo tiene que ser espada y brujería. Un western, una partida histórica o una trama de espionaje pueden conectar mucho más con su imaginario. Y ahí entra uno de los momentos más deliciosos del asunto: “comprobemos cuánto ha aprendido mi madre sobre investigar un crimen después de tirarse horas viendo todos los programas de True Crime que existen”. De pronto, el rol deja de ser “tu cosa” y pasa a ser “nuestro terreno”.
Hay también algo muy sano en cómo se vive la partida. Se la toman menos en serio, en el mejor sentido posible. No hay obsesión por las reglas, ni por hacerlo “bien”. Se vuelve a la raíz: jugar por jugar. Equivocarse, improvisar, reírse. Esa ligereza es un recordatorio incómodo y necesario para quienes llevamos años en esto.
Vínculos en familia
Pero, al final, lo importante no son los sistemas ni las ambientaciones. Es el vínculo. Compartir un hobby crea un lenguaje común nuevo. Un recuerdo que no existía. Una anécdota que no depende del pasado, sino que se construye en presente. Jugar a rol con tus padres no es convencerlos de nada. Es sentarte con ellos y decir: probemos algo juntos. Y ver qué pasa.
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Por nuestro querido socio narrador Daniel Nieto
